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¿Exigir a un adolescente?

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¿Exigir a un adolescente?
Algunos consejos prácticos
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Nuestro hijo está tan desconcertado como nosotros. Está entre una cosa y otra, entre el niño y el adulto, entre las normas familiares y la rebeldía. Se encuentra en plena adolescencia, y es durante este período conflictivo cuando debe asumir como propias las exigencias que hasta ahora marcábamos los padres. Para ello, necesita ciertos estímulos que nosotros podemos facilitarle.

 

Cuando se pregunta a los padres sobre la manera de exigir responsabilidades a los adolescentes, se suele obtener dos tipos de respuestas, más o menos matizadas: para unos la responsabilidad se obtiene mediante la autoridad, para otros mediante la libertad.

Seguramente, ninguna de las dos propuestas es la solución. Las dos son difíciles de aplicar, y en estado puro están contraindicadas. La primera quizá reprimiría la personalidad del joven y lo convertiría en una persona dócil y manejable, mientras que la segunda podría convertirlo en un ser caprichoso y hedonista.

Las familias que imponen una disciplina dura a sus hijos suelen padecer menos la crisis y la angustia del momento. Generalmente las consecuencias afloran más tarde, cuando los hijos se han convertido en jóvenes irresolutos, incapaces de tomar decisiones importantes.

En cambio, las dificultades aparecen antes en las familias que han evitado los sistemas coactivos: sus hijos se rebelan antes contra las normas familiares, abandonan las responsabilidades escolares o viven buscando el placer inmediato. Pero, no nos engañemos, en ambas situaciones queda sin resolver la crisis.

Se dice, y es cierto en nuestra sociedad, que la adolescencia es un período de crisis. Pero también es cierto que la palabra crisis se dramatiza injustificadamente. No se trata de una situación de riesgo en la cual el joven adolescente corre el peligro de autodestruirse, sino simplemente de una época en que el niño o la niña, que hasta ahora regulaba su conducta según la exigencia y valores paternos, debe aprender a autocontrolarse. En otras palabras, el niño que actuaba guiado por sus padres ha de convertirse en guía de su propia vida.

Así pues, el tiempo que va desde los 12 o 13 años a los 20 o 21 será un período de entrenamiento para conseguir solucionar la crisis, entendida como momento de cambio, final de una cosa y principio de otra.

Durante este largo período de crisis no es conveniente que los padres mantengan sistemas autoritarios que dirijan la conducta de los jóvenes, ya que con ello impedirían el desarrollo de su propia autonomía. Tampoco se deben adoptar sistemas permisivos que pongan en sus manos una libertad que sobrepasa su capacidad de discernir. Lo sensato es actuar de una manera progresiva, entregando pequeñas dosis de libertad basadas en el diálogo. Estas dosis se irán ampliando en función de la responsabilidad y coherencia demostradas.

Aceptada esta premisa, veamos algunos puntos de reflexión y algunos consejos prácticos.

En primer lugar hay que conseguir comunicarles que, a partir de ahora, todo lo que les hemos exigido de niños depende de ellos y que, en la medida que lo asuman, nosotros dejaremos de hacerlo. Deberán ser objeto de esta autoexigencia:

  • El dominio de los impulsos y de las manifestaciones agudas de su carácter.

  • El respeto de los derechos de los demás como límite de la propia libertad.

  • Subordinar el placer y la diversión a la realidad y a la previsión de futuro.

  • Liberarse de lo que impida apreciar aquello que realmente tiene valor.

Comunicar estos objetivos sólo es posible si los padres somos capaces de vivir la propia autoexigencia, es decir, si damos ejemplo. En este momento de la vida de nuestros hijos desaparece la figura de padre o madre todopoderoso y perfecto y aparece, desnuda, la imagen real de cada uno, con su coherencia o incoherencia. Evidentemente, si queremos que nuestros hijos se esfuercen, tenemos que ser los primeros en poner empeño. En caso contrario, nuestra autoridad quedará anulada.

Además, para comunicar a nuestros hijos lo que consideramos importante y valioso es necesario tener ocasión de hacerlo, es decir, han de producirse situaciones de diálogo. Y se entiende que el diálogo consiste en escuchar y hablar, no sólo en hablar.

Para que el diálogo desarrolle la confianza de los hijos es necesario:

  • Tomarlos en serio, no tratarlos como seres inferiores que explican cosas de las que estamos de vuelta.

  • Conviene no aprovechar la ocasión para sermonearles.

  • Escuchar con atención lo que quieren explicarnos o preguntar.

  • Hablar también de lo que les interesa a ellos. Dar tiempo para abordar los temas que nos interesan a nosotros.

Conseguir el ambiente de diálogo con los hijos no es tarea fácil, pero es muy importante. No hemos de olvidar que el diálogo con los hijos no es un fin en sí mismo, sino un instrumento útil para nuestra tarea educativa y, en todo caso, el principio de una amistad entre adultos. El fin es comunicar los valores, establecer compromisos y valorar las cotas de autoexigencia y de autonomía logrados. Seguramente no servirá de mucho el ambiente de diálogo y confianza que me describía una de mis alumnas:
-"No pasa nada porque falte a clase a veces -me explicaba a modo de justificación-, aunque me salte unas clases, yo se lo explico a mi padre, no lo engaño, y él comprende lo que me pasa...".

Tenemos que fijar normas y límites a través del diálogo para que nuestros hijos acepten y asuman compromisos.

Es importante evitar, tanto cuando les hagamos propuestas como cuando los censuremos, ponernos a nosotros mismos como modelos ("A tu edad yo...") o poner como ejemplo a otras personas ("Mira tu hermano como..."). Es injusto, ofensivo y un camino seguro para conseguir su animadversión. En todo caso compáralo con él mismo ("Seguro que lo conseguirás, como cuando hiciste...").

Hay que prever sanciones para el caso de que rompa alguno de los compromisos o normas establecidas. Es inteligente tenerlas preparadas para que no sean fruto de la improvisación ni desproporcionadas. En todo caso, podéis pedir su opinión sobre la sanción que habéis pensado.

La libertad y autonomía respecto al uso del tiempo libre, al uso del dinero, al horario de llegada a casa, al uso de vehículos o aparatos, o a la gestión de sus estudios hay que otorgarla en función de la responsabilidad demostrada. A mayor responsabilidad, mayor autonomía, y ante faltas de responsabilidad, restricciones de autonomía.

 

José María Lahoz García
Pedagogo (Orientador escolar y profesional),
Profesor de Educación Primaria y de Psicología
y Pedagogía en Secundaria

 

Fuente: solohijos.com

 

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